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dueños de la casa llamada del portal de la Virgen, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de nacimiento.
nada...Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su conversación de las rutinas más triviales.Su timidez era tan ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.
bondadosa y angelical señora quería poner un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal.Figurábase que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre todos los hijos nacidos y por nacer.No quería tampoco profanar, haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia que podemos llamar los misterios gozosos de Barbarita.
Ocupaciones serias vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter.Su madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario de la casa, en la cual había algún desorden.Sobre las existencias de pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al contarlas apareció más de lo que se creía.
Madrid se inundaba de género a precio más bajo que el de las facturas de D.Bonifacio Arnaiz, y era preciso realizar de cualquier modo.Para compensar las pérdidas de la quemazón, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, que tenía más pesquis que este.
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creas, no creas que por esto son peores.Y si me apuras, te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de entonces.Me acuerdo de cuando yo era pollo. Dios mío, qué soso era Ya tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino que usted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie.
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Caramba, qué sudores pasé Pero yo qué le voy a decir, si lo único que sé es que usted lo pase bien, y en saliendo de ahí soy hombre perdido....Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ay, Dios mío, cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme a tu casa.